
Dicen que todos avanzaban fuera de la ciudad, muchos y en fila, por el Largo Camino hacia el norte. Eran perseguidos, a quien insistía permanecer en la ciudad se le mataba, y cuando salieron por las puertas de la ciudad vieron arqueros y ballesteros apostados en las murallas. Columnas de humo aún se alzaban desde las catedrales quemadas por el dragón rojo. En las puertas los soldados se encaramaban tras sus escudos de torre y lanzas en ristre, empujando esa muchedumbre, mientras detrás el resto del pueblo arrojaba basura o alguna piedra a los expulsados. “¡Fuera los fanáticos! ¡Muerte a los clérigos! ¡Abajo su corrupción!” se escuchaba por toda la ciudad, y los vítores y aplausos seguían detrás a los soldados cuando dirigían a los fieles a la salida.
Pero callaban cuando Zelzar, el anciano pontífice, caminó apoyándose en su báculo. Ningún soldado se le acercaba, nadie le arrojó basura, y los vítores se apagaban ahí donde pasaba, lento pero sin detenerse. Finalmente salieron todos los fieles, y los soldados de lanza y escudo marcaron filas bloqueando la entrada, que cerró puertas a sus espaldas, mientras veían cómo la multitud formó una línea que intentaba seguir el Largo Camino fuera de la Ciudad de los Esplendores. Quizás para alguno le recordara a las procesiones que practicaban a lo largo del año, pero sin el fervor ni la alevosía de entonces. Se dice que algún soldado tragó saliva mientras los veía alejarse al norte, soltando su lanza, su escudo y uniéndose a la fila retirándose la armadura mientras su capitán le gritaba la pena por deserción, pero son muchas las cosas que se cuentan.
Dicen que Zelzar, uno de los últimos en salir por las puertas, notaba que algún soldado abandonaba filas y le bendecía su buena conciencia mientras el resto mantenía posiciones, pero lo que asegura la mayoría fue su mirada, pronosticando lo que ocurriría a continuación, y vista al frente caminó aún más lento. Los que caminaron a su lado se le acercaban preguntando porqué su retraso, respondidos sólo por unos ojos vidriosos y un rezo musitado. Comprendieron y las lágrimas se les contagiaron. Muchos más empezaron a retrasar sus pasos, mientras unos pocos corrían apurando a los de enfrente. A cierta distancia de las murallas se detuvo Zelzar, y eso lo vieron todos desde las almenas, cómo se arrodilló, palpando el mullido pasto por última vez cuando una saeta le atravesó la nuca.
Décadas han pasado, pero los adultos aún cuentan a los niños que esa fue la última batalla que se libró contra los fanáticos. Les dicen que estos pelearon endemoniadamente, pero que los valientes soldados les repelieron fuera de las murallas. En la ciudad ven los templos destruidos y a las más fuertes catedrales deformadas para otros usos. Les insisten tanto y tan convencidos de que pese a la bravura de los soldados, aquellos supersticiosos lanzaron una última maldición, la que dio origen a los Campos del Odio Insepulto, la densa niebla indisoluble que cada año crece y casi está por rodear la Ciudad de los Esplendores, infestada por horrores que no descansan. Pero quien temerario se adentre en los Campos notará que ninguno de los cadáveres andantes tiene armas ni armadura, y que sus rostros aún lloran desesperados.
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