—Quarion del clan Berevan— dijo el clérigo en voz alta frente a todos los demás elfos, —Sumi— susurró el nombre infantil, posando su mano sobre la cabeza agachada que lloraba en este momento. Nuevamente anunció en voz alta —valiente eres por aceptar pasar por esto a beneficio no sólo de tu clan, sino de toda la comunidad. Quarion se secó las lágrimas antes de alzar la cabeza. —Sí, lo acepto, aún con todo el pesar—. Los otros elfos también lloraban, incluso los firmes soldados sin quitar la vista de la numerosa horda enemiga que aguardaba a distancia de tiro de flecha. No se movían, esperaban con lanzas y escudos en ristre. El clérigo dispensó bendiciones sobre Quarion, llorando también, y abrió paso. Quarion se levantó y con paso lento pero firme avanzó sin cruzar la vista con ninguno, ni siquiera su madre o su padre ahí presentes, ni con la fila de soldados élficos que apenas le dedicó una mirada para no distraerla sobre la horda. Eran muchos, los escudos se disponían en filas que llenaban la silueta del horizonte. Marchaban a la guerra, siempre marchaban, una raza sin dioses que vivían poco en comparación con los elfos, y aún menos porque la violencia terminaba mucho antes con sus vidas. Pero esta vez los ejércitos no iban hacia Qualad’Then, la ciudad de altos árboles, al menos no si Quarion se entregaba.
Siempre llevan prisa. Llegaron mucho antes los mensajeros anunciando que los ejércitos pisarían estas tierras en una nueva guerra mucho más lejos pasando de largo, pero exigiendo por sus generales un tributo apropiado si la ciudad élfica no deseaba resultar dañada. Mucho discutieron los elfos, casi al punto de preferir morir todos en una guerra contra los invasores antes que rendirse, pero sólo una cosa les fue pedida. Cuando Quarion avanzó bastante para oler el aliento que los soldados expelían bajo el casco, se retiró la bata, aquello único que le vestía, mostrándose desnudo y desarmado, el cuerpo de un jovencillo élfico de apenas cincuenta años. Esporádicamente surgió una risa entre las filas del ejército invasor, sus cascos no ocultaban sus dientes asomándose entre las barbas, multiplicándose rápidamente hasta tener a toda la horda carcajeando por contagio. Y entre las risotadas, los soldados le abrieron paso, incluso relajando sus pesados escudos redondos y las largas lanzas, varios incluso se levantaron el casco empenachado para reír más a gusto. Y Quarion los vió, algunos parecidos a elfos pero barbados y sin orejas puntiagudas, otros casi tan feos como los orcos. Pero no uno ni otro, eran los hombres, que le abrieron paso hasta la casa de campaña donde le aguardaba desnuda la general de estos guerreros.
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