miércoles, 10 de octubre de 2018

Cuaderno de notas: Hombre-Lobo: Apocalipsis I

Desde que aprendí a encuadernar, cuando hice mi servicio social por varios semestres a cargo de un restaurador en una biblioteca que resguarda volúmenes de hace siglos, tengo la costumbre de hacer libretitas donde anoto mis ideas. Para el rol lo mismo, y a veces, si el juego me atrae tanto que empiezo a ver que mis divagues ocupan página tras página, le hago un cuaderno específico.

Mi montón de cuadernillos.

Así fue con Hombre-Lobo: Apocalipsis, que me atrajo con la idea de guerreros de Gaia con sus diversas dimensiones, que si hombres y lobos, materiales y espirituales, violentos y conciliadores. No he podido llevar una buena partida a la que me precie de decir "aquí se aprovechó su potencial de pleno". Bien acabamos con el típico hack-slash, que no deja de ser divertido, pero quedo anhelando algo más. Plasmo aquí unas pocas de las ideas que me despertó, y ahora en su edición 20 aniversario me deja la satisfacción al leerlo.

Los garou emplean una diversidad de rituales para  sobornar o apaciguar a los espíritus que pueblan su univeso. Las descripciones del manual son someras y a veces leía o escuchaba de alguna costumbre que pensé podría sumarse a los ya descritos:

Ritos de purificación:
  • Bañarse en un río de agua clara que se lleve las impurezas.
  • Escuchar los latidos de la Tierra y que su sonido apague los resentimientos.
  • Ser golpeado por la tormenta que arranque los rencores.

Ritos de comunión:
  • Quemar tabaco, salvia y cedro, respirar el humo y dejarlo escapar del cuerpo hacia el mundo espiritual con saludos.

No pueden faltar las semillas para partidas:
Un balam (de los bastet, hombre-jaguar) está encerrado en un complejo refinador de Mexoleo, subsidiaria de Pentex en el Anahuac. El clan distraerá las mayores fuerzas del enemigo, pero el sitio no queda solitario. Hay suficientes fuerzas para suponer un reto.

Siempre elucubré sobre qué pasa cuando un garou toma la forma crinos frente a testigos. Implicando todavía más en juego la importancia de los espíritus, no podía dejarlo en simplemente ocasionar el desmayo, la racionalización o demás efectos en la tabla del manual por el recuerdo del Impergium. Quise dejar más en claro lo que se arriesga:
Cuando muere un mortal testigo de la forma crinos, su espíritu alimenta entidades negativas con el abundante miedo, fortaleciendo a los esbirros del Wyrm. Segadores y recolectores atrapan esta esencia para llevarla a Malfeas donde la transformarán. Los garou pueden procurar limpiar esta esquiva esencia enviándola al Abismo, teniendo en cuenta que la personalidad (¡el alma!) del difunto está adherida a este fuerte y último miedo. El Abismo no significa la destrucción de la esencia, que los esbirros del Wyrm emplearán, pero al menos les tomará más tiempo encontrarlas. La alternativa es limpiar el miedo llevando estas esencias por la Umbra hacia un lugar sagrado de Paz.

De momento es lo que alcanzo a transcribir. En otra ocasión iré presentando más ideas no sólo para este juego, como ya hice para DC Adventures. Mientras tanto, ¡tiren inciativa!

sábado, 6 de octubre de 2018

De aquella partida de doce horas

Limpiaba mi casa cuando de pronto unos viejos conocidos reaparecen, las fichas de personaje de una partida de AD&D que llevamos cuando estábamos en la escuela, una en particular, cuando empezaba los juegos de rol y terminadas las tareas había suficiente tiempo para jugar, tanto que una vez hicimos una maratón de doce horas. Comenzamos la partida unas diez personas, aunque al final quedamos seis. En ese entonces usar la fuente tipográfica del Diablo II nos pareció genial, y apenas leída la primera novela de La Guerra de la Lanza nos inspiramos para una mesa que se volvió regular. He aquí esos personajes.









miércoles, 3 de octubre de 2018

Relato para Dungeons&Dragons: Quarion ante la horda de hombres.

—Quarion del clan Berevan— dijo el clérigo en voz alta frente a todos los demás elfos, —Sumi— susurró el nombre infantil, posando su mano sobre la cabeza agachada que lloraba en este momento. Nuevamente anunció en voz alta —valiente eres por aceptar pasar por esto a beneficio no sólo de tu clan, sino de toda la comunidad. Quarion se secó las lágrimas antes de alzar la cabeza. —Sí, lo acepto, aún con todo el pesar—. Los otros elfos también lloraban, incluso los firmes soldados sin quitar la vista de la numerosa horda enemiga que aguardaba a distancia de tiro de flecha. No se movían, esperaban con lanzas y escudos en ristre. El clérigo dispensó bendiciones sobre Quarion, llorando también, y abrió paso. Quarion se levantó y con paso lento pero firme avanzó sin cruzar la vista con ninguno, ni siquiera su madre o su padre ahí presentes, ni con la fila de soldados élficos que apenas le dedicó una mirada para no distraerla sobre la horda. Eran muchos, los escudos se disponían en filas que llenaban la silueta del horizonte. Marchaban a la guerra, siempre marchaban, una raza sin dioses que vivían poco en comparación con los elfos, y aún menos porque la violencia terminaba mucho antes con sus vidas. Pero esta vez los ejércitos no iban hacia Qualad’Then, la ciudad de altos árboles, al menos no si Quarion se entregaba.

Siempre llevan prisa. Llegaron mucho antes los mensajeros anunciando que los ejércitos pisarían estas tierras en una nueva guerra mucho más lejos pasando de largo, pero exigiendo por sus generales un tributo apropiado si la ciudad élfica no deseaba resultar dañada. Mucho discutieron los elfos, casi al punto de preferir morir todos en una guerra contra los invasores antes que rendirse, pero sólo una cosa les fue pedida. Cuando Quarion avanzó bastante para oler el aliento que los soldados expelían bajo el casco, se retiró la bata, aquello único que le vestía, mostrándose desnudo y desarmado, el cuerpo de un jovencillo élfico de apenas cincuenta años. Esporádicamente surgió una risa entre las filas del ejército invasor, sus cascos no ocultaban sus dientes asomándose entre las barbas, multiplicándose rápidamente hasta tener a toda la horda carcajeando por contagio. Y entre las risotadas, los soldados le abrieron paso, incluso relajando sus pesados escudos redondos y las largas lanzas, varios incluso se levantaron el casco empenachado para reír más a gusto. Y Quarion los vió, algunos parecidos a elfos pero barbados y sin orejas puntiagudas, otros casi tan feos como los orcos. Pero no uno ni otro, eran los hombres, que le abrieron paso hasta la casa de campaña donde le aguardaba desnuda la general de estos guerreros.