domingo, 9 de diciembre de 2018

Relato para La Sombra del Rey Demonio: Baga la Orcona (Parte I)

Ranger Orc by lithriel
Ranger orc por Lithriel
 Las cenizas se dispersaron más con el último aleteo del dragón alejándose. Mientras Baga cubría sus ojos, respingaba la nariz esperando olisquear algo más que la sangre negra de su raza dispersa en el suelo. Restos de las otras orconas yacían desparramados, trozos de una u otra compañera de filas, y entre ese desastre estaría su brazo derecho. Al recordarlo tanteó su muñón desgarrado por encima del codo. Dolía, pero había quedado cauterizado con el fuego de la pelea, una herida que hubiera desmayado de dolor al más fuerte de los guerreros humanos. Se tambaleaba confundida. Buscó inútilmente tardando un momento en darse cuenta lo inútil que sería encontrar su miembro; si bien pudieran existir galenos capaces de adherir con magia un miembro perdido nuevamente al cuerpo, seguro serían lo bastante raros y costosos para encontrarse en los ejércitos imperiales, y menos todavía entre las filas de orcos. Mientras tanto, el frenesí del combate todavía le dominaba y le impedía sentir todo el dolor.
Tras una revisión se descubrió como la única sobreviviente. Se agachó a tomar un hacha del suelo cuando de su boca salió el vómito de sus entrañas, sorprendiéndola. Debía ser la pestilencia de la carne quemada de sus compañeras, las cenizas levantándose, el humo cubriendo el campo. Las habían enviado por ser las mejores, las más fuertes, un cumplido entre los orcos que se precian de venir al mundo para hacer la guerra. “¡Padre Muerte, recibe a las hijas que a tantos enviaron a tu Inframundo!”, rezó Baga en su mente. Incluso la victoria pírrica contra el dragón era para sentir orgullo, y Baga había vomitado en su honroso campo de batalla. “¡Patética!”, pensó de sí. Docenas de combates anteriores y nunca había experimentado esa sensación tras un combate. Solía vomitar tras una de las orgías en las barracas, donde fluye vino, opio, carnes, semen, sudor y demás fluídos, que la revoltura de todo lo provoque, o incluso sea recurriendo a tocar el fondo de la garganta con un dedo para vaciar el estómago y seguir el festejo. Pero nunca en el campo de batalla.
Tenía que salir de ahí, tenía que encontrar el camino de regreso, en la barraca podría descansar como debe cualquier guerrero del Imperio, un espartano catre bajo un techo, recomponerse y prepararse para el siguiente combate. Aún sin un brazo una orcona puede ser letal. Quizás le cubrieran con las investiduras de un oficial, las condecoraciones de una veterana, que le ciñan el casco negro y liso que le oculte  medio rostro excepto dos agujeros para sus ojos, dejando libre su boca para lanzar las órdenes desde atrás de las filas, con la armadura completamente negra poblada de púas donde cuelgue recuerdos de sus batallas, y hasta se ahorrarían las piezas del brazo derecho. O puede que no le den ninguna armadura, que al contrario, la dejen desnuda excepto por un alambre de púas rodeando su cuerpo, le den una cimitarra y la junten con las manadas de guerra, donde están todos los orcos lisiados pero aún capaces de luchar una última vez dopados con drogas de combate. De ambas posibilidades le emocionaba más el sumar su rugido a las manadas antes que el aburrimiento de ver la batalla en la distancia, y las manadas eran las primeras en ir al encuentro del enemigo, soltadas como bestias, recibiendo primero las descargas de fusiles enemigos, los hechizos de los magos de batalla, rompiendo las filas de lanceros y alabarderos, agotándoles munición, magia y valor antes que las auténticas legiones de orcos le recuerden a los ejércitos por qué el Imperio es grande y lo inútil que es oponerse. Pero Baga cae en ese momento, agotada, y aún así tarda en sumirse a la inconsciencia mientras aspira polvo del suelo, mientras todo se vuelve borroso y cree escuchar a alguien que camina a su encuentro instantes antes de la oscuridad.
Apenas siente su cuerpo siendo arrastrado con dificultad, sus miembros flácidos dejando rastro en la arena. Le pesan los párpados, se esfuerza por abrirlos y nota que la alejan del campo de batalla. Más aún es incapaz de voltear la cabeza para ver quién le arrastra jalando de su armadura. Un animal salvaje la hubiera devorado en el mismo lugar donde sucumbió, y si fuera para llevar alimento a sus crías habría arrancado un trozo antes que arriesgarse a ir más lento llevando todo su cuerpo con pesadez. Estos pensamientos agotan lo último de sus esfuerzos, y el mundo se volvió oscuro.

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