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| Whispers from a council past por Netarliargus |
—Es aciaga la hora que nos reúne, Jabidakimbatuul, honrada estoy de que hayas respondido la convocatoria, apenas a tiempo para esta celebración.
—No menos podría realizar por quien fue el más sabio entre nosotros, incluso más que Sallahtuwlishion— respondió con cierta mordacidad el azul ocupando su lugar en el círculo de dragones, como esperando incomodar a la anfitriona, pero la plateada respondió.
—Lejos estás de ofenderme, pues yo misma reconozco y venero la gentileza con que vivió nuestro venerable mentor. Honda tristeza pesa sobre mi corazón saberlo ya trascendido fuera de la esfera material, y contigo presente podemos iniciar la conmemoración y duelo.
“Sea así” respondieron los otros dragones, mientras Jabidakimbatuul resguardaba su lengua bífida. Diez dragones ocupaban sus lugares formando un círculo, con la cabeza baja mientras emitían un bajo gruñido que no inspiraba ninguna amenaza sino tristeza, y Sallahtuwlishion ocupaba el sitio del oriente mirando al poniente mientras el Sol caía al horizonte. Alzó sus cuartos delanteros hacia el astro, como tomándolo tiernamente entre sus garras, siguiendo su declinar por las montañas hasta que el disco incandescente desapareció del cielo. Aún la poca luz que quedaba se reflejó en lo que ni hombre ni mujer ha visto todavía, las gotas que como mercurio resbalaban desde los ojos de una dragona plateada, y exclamó “¡Riikano-alinaris, adiós!”.
La oscuridad dominó entonces, y si bien la vista de los dragones no es impedida por esta circunstancia, por ritual dos fuegos fueron encendidos, y a continuación los dragones conversaron sobre el fallecido lo que cada quien recordaba, pues aunque tienen un idioma propio con su sistema de caracteres, no acostumbran escribir las cosas como hacen las otras razas, pero su memoria es prodigiosa, e incluso un dragón blanco guarda bien los rencores contra los tatarabuelos de las jóvenes criaturas. Querían que todos pudieran a bien conocer al fallecido Riikano-alinaris, dragón dorado que por siglos apadrinó a otros dragones, sin importarle su especie, cromáticos o metálicos, broncíneos, cobrizos, dorados, oropel o plateados, azules, blancos, negros, rojos o verdes. Tenía la firme convicción de que todos los dragones podrían en algún momento convivir en paz, incluso con las razas jóvenes. Tanto así que durante siglos ayudó a bardos, clérigos, magos y a cualquiera dispuesto a llevar luz de sabiduría y conocimiento más allá de toda frontera o título. Se convirtió en el guardián de la afamada biblioteca de Candelero, donde empleó su innata capacidad mágica de transformación y bajo la apariencia de un anciano clérigo limpiaba los estantes, resanaba los libros y ofrecía consejo a quien lo necesitara. Hasta que fue muerto con violencia por la ambición de un grupo.
—¡Injusto!— alzó su rugido Fylokkipyronkurik, temible dragón cuyas escamas brillaban rojas al fuego. —¿Es que no se tomará ninguna represión? Los asesinos de Rikkano-alinaris se regodean entre los suyos.
—Sus asesinos murieron en el mismo combate que provocaron.
—No me refiero a quienes combatieron directamente al venerable Riikano-alinaris, sino a toda raza que los soporta y se va extendiendo como la plaga por llanuras, bosques y montañas, por encima y por debajo de la tierra.
—¿Es que clamas por otra Guerra de las Escamas?
Y más detalles quedan por tratar, pero sin descaro podemos afirmar inició aquí la venganza de Fylokkipyronkurik y desencadenaría en el Imperio de Dragones.

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